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Texto no traducido

martes 24 de mayo de 2016

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La XXXV, cuarenta años después de su Jura de Bandera

AGM OCS Y RI

AGM OCS Y RI

 

          Fue hace cuarenta años, el 9 de octubre de 1976. Aquel día soleado, en este mismo patio de armas, ante esta misma bandera, juramos a Dios y prometimos a España derramar por ella y por los españoles hasta la última gota de nuestra sangre. Y un escalofrío recorrió entonces nuestras espaldas al gritar todos juntos: “Sí, juramos”.

          Esta mañana de mayo, tan soleada como aquella de hace cuatro décadas, veinticuatro compañeros faltan a lista. Ninguno de ellos cayó en combate, porque no hizo falta que los miembros de la XXXV derramáramos nuestra sangre. Sí, nuestro sudor. Y nuestras lágrimas.

            El sudor de nuestro trabajo con aquellos soldados de reemplazo que completaban las unidades al comienzo de nuestra carrera. Aquellos soldados que venían de todos los puntos de España, que en su propia diversidad reflejaban la de esa España a la que habíamos jurado servir hasta la muerte. Soldados universitarios y soldados casi analfabetos, soldados de ciudad y soldados de campo, soldados viajados y soldados para los que la mili era la primera ocasión en la que se alejaban de sus tierras y convivían con compañeros de otro origen social o que hablaban con otro acento. Soldados algunos que llegaban con prejuicios antimilitaristas, y a los que teníamos que convencer con nuestro ejemplo del sentido profundo del sacrificio de unos meses de sus vidas como servicio a la comunidad. Una comunidad que les proporcionaba educación, asistencia sanitaria, seguridad personal y jurídica, bienestar económico, y que iba a ayudarles de manera solidaria en los momentos difíciles de sus vidas.

           El sudor (y el frío, y las lluvias, y las nieves) de las misiones de paz, muchas de ellas en tierras lejanas que nunca habíamos soñado que llegaríamos a pisar. El calor húmedo de Angola o Centroamérica, los duros inviernos de la antigua Yugoslavia, el sol abrasador de Iraq… Al mando de unos soldados distintos, profesionales como nosotros, que han hecho del servicio de las armas su carrera. Hombres y mujeres que, como nosotros, dejan en España amigos, cónyuges, hijos, y para los que estas misiones internacionales han acabado siendo parte de su rutina.

           El sudor del trabajo en la vida civil. El sudor de los que dejaron las filas del Ejército y siguieron siendo fieles a su juramento, vestidos de paisano. Entre nosotros hay empresarios, directivos y cuadros intermedios, consultores, profesores, agricultores, psicólogos, abogados. Hay quien ha volado alto y es piloto de líneas aéreas. Hay quien ha preferido volar a ras de tierra y trabaja como voluntario, como cooperante. Allá donde fueron, en los puestos en que la vida los colocó, siguieron siendo parte de la XXXV, siguieron trabajando por España y por los españoles.

        No fue solo nuestro sudor. También derramamos lágrimas. Lágrimas de pena, lágrimas de horror, lágrimas de impotencia, lágrimas de rabia, lágrimas de vergüenza. Lágrimas por los muertos, heridos y desplazados en todos esos conflictos de los que hemos sido testigos. Lágrimas por las víctimas del terrorismo, por nuestro General Garrido, por nuestro Comandante Ezquerro. Lágrimas por los compañeros que nos dejaron. Lágrimas por el tiempo perdido, por un tiempo que pasó demasiado rápido.

             Cuarenta años después besamos de nuevo la bandera, pero no necesitamos renovar nuestro juramento. Y es que lo prestamos para siempre, sin reservas. Y es que nos acompañará mientras vivamos. En buena o mala fortuna. Un juramento de soldados que hicimos vestidos de uniforme y que nos sigue obligando aunque vistamos de paisano. Un juramento de ciudadanos, de hombres libres, miembros orgullosos de una sociedad que, a pesar de todas las dificultades, sigue avanzando. Con nuestra contribución.

            Es el mismo sol de entonces. El mismo patio, la misma bandera, el mismo himno. Los mismos compañeros. El mismo entusiasmo. Que veinte años no es nada. Y cuarenta, tampoco...

 

JOSE MIGUEL PALACIOS CORONEL

Teniente Coronel de Infantería