Picas y arcabuces: el arte de la guerra en el Renacimiento español.

  

 La toma de Ahama: Sillería del coro de la catedral de Toledo.
La toma de Ahama: Sillería del coro de la catedral de Toledo. FOTO: alhama 1482_EMH_1353
Cuando los maestros talladores de la sillería del coro de la catedral de Toledo realizaron su obra, no podían imaginar que estaban dejando para la posteridad un testimonio de los inicios de un arte de la guerra español, que otorgaría a la Monarquía Hispánica la supremacía militar en Europa durante siglo y medio.
 
 
La monarquía de los Reyes Católicos se adelantó a las demás potencias europeas al adoptar un modelo de gobierno dinámico propio del Renacimiento. La guerra de Granada (1482-1492) y, poco después, las guerras de Italia (1495-1504) sirvieron como “banco de pruebas” para las innovaciones militares que condujeron a la creación de un ejército permanente, dependiente directamente del monarca y no limitado a los recursos y límites de un solo reino.
 
 
 
La guerra se había transformado y exigía cuatro elementos fundamentales para la victoria: una planificación y organización centralizada desde el poder real; un aumento de efectivos profesionales, instruidos y equipados; un empleo creciente de la artillería y de las armas de fuego; y la adaptación de las fortificaciones a estas nuevas tecnologías.
 
 
 La infantería española pasó de ser un conjunto heterogéneo a convertirse en un bloque sólido de unidades permanentes. La creación de las Guardas de Castilla en 1493 fue el primer paso hacia un ejército permanente. Las guerras de Italia marcaron el ocaso de la caballería pesada como arma dominante y consolidaron la supremacía de la infantería. Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, resultó decisivo al adaptar el modelo de piqueros suizos adaptado a las tropas castellanas con el uso combinado de armas de fuego, los arcabuces.
 
 
La batalla de Ceriñola (1503) fue un ejemplo temprano de la eficacia de estas tácticas, pues la artillería ligera y el fuego de arcabuceros decidieron la victoria frente a fuerzas francesas superiores en caballería. Más tarde, la batalla de Pavía (1525), en la que Francisco I de Francia cayó prisionero, certificó la supremacía del empleo conjunto de picas y arcabuces frente a la caballería pesada, confirmando a la infantería española como la fuerza más temida de Europa.
 
 
Las reformas se consolidaron con la ordenanza de 1503 y, sobre todo, con la Ordenanza de Génova de 1536. Estas disposiciones agruparon las diversas capitanías —unidades al mando de un capitán— en grandes cuerpos permanentes: los Tercios. Estas formaciones, se convirtieron en la unidad táctica y orgánica más representativa de la Monarquía Hispánica. Su flexibilidad les permitía adaptarse a la guerra de asedios y a los combates en campo abierto, y su disciplina interna los hizo célebres en toda Europa.
 
 
Los Tercios representaron un modelo de organización militar moderno. Administrar estas fuerzas en territorios lejanos —Italia, Flandes, Alemania o incluso el Mediterráneo— y en campañas casi ininterrumpidas exigió una estructura logística muy desarrollada. Incluía desde el suministro de víveres y pertrechos hasta la atención sanitaria, la justicia, la asistencia espiritual y el control de los gastos por parte de la Corona.
 
 
Durante casi dos siglos, los Tercios mantuvieron la hegemonía militar española. La derrota en Rocroi (1643) simbolizó el inicio de su ocaso, aunque todavía siguieron combatiendo con honor durante varias décadas más.
 
 
En suma, los Tercios dejaron una huella indeleble en el arte de la guerra. Nacieron con el Renacimiento militar impulsado por los Reyes Católicos y el Gran Capitán, alcanzaron su madurez bajo Carlos V y Felipe II, y desaparecieron en paralelo al Siglo de Oro español, como uno de los símbolos más duraderos de la grandeza de la Monarquía Hispánica.
 
 
ARX TOLETUM