"Moriremos todos y después se hará lo que convenga"

  

 

Paseando por la Historia del Ejército, mis ojos se quedaron prisioneros con unos objetos personales de D. Mariano Álvarez de Castro. Evocaron recuerdos de mi juventud cuando leí los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, y en concreto el de Gerona. Pocas veces la literatura ha retratado con tanto vigor y humanidad el sufrimiento y la obstinada heroicidad de un pueblo que, entre el hambre, las bombas y la muerte, prefirió resistir antes que rendirse.

Gerona cayó tras siete meses de asedio en 1809, pero su nombre y el de su líder, Álvarez de Castro, quedaron para siempre grabados en la memoria de España. Nadie como Galdós ha descrito el temple de aquel hombre, artífice de una defensa que desafió el hambre, la metralla y el desaliento.
 
En diciembre de 1808, tras la caída de Rosas, Álvarez de Castro inició los preparativos. Un personaje de Galdós lo retrata así: “La cara pálida y curtida, los ojos vivos, el pelo cano, la figura delgada y enjuta, la contextura de acero…la tranquilidad y la seriedad juntas en su semblante.”  Otro lo resume: “Es un hombre de mucho temple.”
 
Pronto impuso su ley: “Será pasado por las armas quien se oiga decir la palabra capitulación, o algo equivalente”. La consigna era resistir. En junio de 1809 comenzó el tercer y definitivo sitio. El general francés Verdier exigió la rendición. Álvarez respondió: “Recibiré a metrallazos a todo francés que en adelante venga con embajadas”.
 
La fortaleza de Montjuich (Gerona) cayó en el verano, convertida en un montón de cadáveres. Sin embargo, Álvarez seguía convencido de que aún podía resistirse. Galdós nos dice; “Quería que todos fueran como él…Mas no podía ser así, porque de la pasta de D. Mariano, Dios había hecho a D. Mariano, y después dijo: ‘basta, ya no haremos más’.”
 
En julio, los franceses abrieron brecha. Álvarez se puso en primera línea, sable en mano. Cuando uno de sus jefes le pidió que no se expusiese tanto, replicó: “Ocúpese usted de cumplir su deber, y no se cuide tanto de mí. Yo estaré donde convenga.”
 
El “haré lo que convenga” se convirtió en su lema. Era más que una frase; era la aceptación de un destino sin concesiones. Así se lo dijo al capitán del Ultonia cuando éste le preguntó dónde refugiarse si tenían que retirarse: “¡Al cementerio!”
 
En otoño, los franceses cambiaron la táctica, rendir la ciudad por hambre. La población, exhausta, aún encontraba fuerza en la mirada incansable de Álvarez, quien los observaba buscando signos de cobardía. Nadie quería ser menos que él.
 
En diciembre, los últimos asaltos terminaron por destruir la ciudad. Pero jamás existió heroísmo más digno. “A fuerza de ver el ejemplo, imitábamos el aspecto estatuario de D. Mariano Álvarez, cuya naturaleza, poderosa y sobrehumana, se estrellaban sin conmoverla las impresiones de la lucha.”
 
Cuando todo estaba perdido, aún sostenía: “Moriremos todos, y después se hará lo que convenga.” Y así fue. Murieron muchos. Pero quedó el ejemplo.
 
ARX TOLETUM