José Piquer y Duart, un escultor de cámara en el Museo del Ejército.

  

 Busto del General Castaños. Autor: José Piquer y Duart. MUSEO DEL EJÉRCITO
Busto del General Castaños. Autor: José Piquer y Duart. MUSEO DEL EJÉRCITO

Paseando por la Historia del Ejército, me detuve frente a un busto que me emocionó profundamente. Representaba a un anciano general, con el pecho adornado por su historia militar, el rostro surcado de fatiga y la mirada seria, casi recelosa, como interrogando al futuro. Aquella obra transmitía una intensidad difícil de lograr. Miré la cartela: “General Castaños. José Piquer y Duart (escultor), Bergeret (cincelador), 1850”. Entonces comprendí que estaba ante una de las muchas obras maestras de uno de los grandes escultores españoles del siglo XIX.

José Piquer y Duart (Valencia, 1806 - Madrid, 1871) fue un referente en la escultura española de su tiempo, un artista que supo evolucionar del neoclasicismo al romanticismo con una destreza técnica y una sensibilidad que lo hicieron destacar. Nieto de escultor e hijo del director de la Academia de San Carlos, Piquer creció inmerso en la tradición imaginera valenciana, aunque pronto amplió su horizonte artístico.

 
Estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde pronto destacó. Con apenas 26 años fue nombrado académico de mérito gracias a su bajorrelieve El sacrificio de la hija de Jefté. En 1834 emprendió un viaje a México y después a Estados Unidos. Finalmente recaló en París, donde trabó amistad con maestros como Rude y David d’Angers, incorporando a su estilo una expresividad y un realismo que marcarían su madurez artística.
 
A su regreso a España, su carrera se consolidó en Madrid. En 1844 fue nombrado director de Escultura de la Academia de San Fernando y, poco después, director de la galería de escultura del Museo del Prado. Isabel II le nombró escultor de cámara honorario y, más tarde, primer escultor de cámara entre 1858 y 1866.
 
Su obra, abundante y de gran calidad, destaca por su elegancia sobria, su preciosismo técnico y una expresividad profundamente humana. Su dominio del natural y su capacidad para dotar de vida al mármol y al bronce lo convierten en una figura clave del romanticismo escultórico español.
 
El Museo del Prado conserva dos piezas esenciales: San Jerónimo penitente (1844), en bronce, que triunfó en París y cuya fundición ordenó la Reina tras conocer su éxito, y una monumental Isabel II en mármol de Carrara, de cuerpo entero y mayor que al natural, actualmente en la Biblioteca Nacional, con réplica en el Congreso de los Diputados (1861).
 
La Real Academia de San Fernando guarda varios de sus bustos, como el del poeta Juan Meléndez Valdés, el pintor Eugenio Lucas y el político Alejandro Mon, cuya versión en bronce se encuentra en Oviedo. También destacan los bustos en escayola de Evaristo San Miguel y del general Castaños, modelos de los que se hicieron fundiciones en hierro, conservadas en el Museo del Ejército y el Senado.
 
El Museo del Romanticismo custodia la sobrecogedora escultura de La infanta María Cristina, un retrato post mórtem que conmueve por su realismo. El Senado, el Congreso y el propio Museo del Ejército conservan bustos de próceres militares y políticos, Espartero, O’Donnell, Serrano, el marqués del Duero, Daoíz y la infanta Luisa Fernanda, y el de Castaños como hemos visto.
 
La Fábrica de Trubia fundió entre 1846 y 1862 dieciocho bustos de Piquer, con la intervención de maestros como Carlos Bertrand, Carlos Delmez y Bergeret. Obras que aún hoy nos interpelan desde su serena monumentalidad, mostrando la maestría de un escultor que supo dar rostro a los héroes de su tiempo.
 
ARX TOLETUM